Antes de pretender entender la historia de este país, en la cual es necesario ahondar para lograr descifrar su situación actual, preferí empezar por algo más fácil; la geografía y la demografía.
Sudáfrica es un país en muchos aspectos muy similar a Colombia. En territorio es solo un poco más grande; el tamaño de la población es similar aunque creciendo a mayor velocidad; es un país bañado por dos océanos; y aunque tiene un clima más austral, también posee gran variedad de pisos térmicos ofreciendo así una gran diversidad en cuanto a fauna y flora.Johannesburgo está a 1.700 metros de altura y tiene alrededor de 6,2 millones de habitantes y la capital, Pretoria, se encuentra a tan solo 50 kilómetros de distancia y con sus 2,8 millones de habitantes hace que juntando ambas ciudades esto se pueda comparar con Bogotá.
En términos económicos (Producto Interno Bruto) también es similar a Colombia pero desafortunadamente sus dirigentes les ganan a los nuestros en lo que a corrupción e ineptitud respecta, con lo cual las tendencias son aún más desalentadoras; y lo que es aún peor, en términos de desigualdad, ese índice Gini (coeficiente que mide la desigualdad en los ingresos y que entre más cercano a 1, peor es la situación) en el cual Colombia, con un valor del 0,52, ocupa el deshonroso noveno lugar entre todos los países del mundo, Sudáfrica con un índice de 0,63 ocupa el peor lugar. Es el país más desigual del mundo y esto es visible desde el primer momento en que uno llega, al ver por un lado un país muy sofisticado en muchos aspectos pero por otro lado, mucha gente viviendo en condiciones de pobreza absoluta.
Como verán, voy acumulando temas para investigar, para así entender cómo y porqué las cosas en Sudáfrica están como están y poder compartirlas con ustedes esperando que el destino de las dos naciones no sea el mismo y que no terminemos igual de mal.
A Sudáfrica a menudo también se le denomina como “el mundo en un solo país” debido a sus impresionantes paisajes naturales, que incluyen montañas, sabanas, desiertos y costas; a que alberga una extraordinaria variedad de vida salvaje y un caleidoscopio de paisajes (¿suena familiar?); pero también debido a su rico patrimonio cultural, que es una mezcla de influencias africanas, europeas y asiáticas, lo que hace que hasta ahí lleguen las similitudes con Colombia. Porque culturalmente está conformado por una gran variedad de etnias, idiomas y creencias religiosas, por lo que se la conoce también como la nación del arcoíris, término que fue acuñado por el arzobispo Desmond Tutu para describir la Sudáfrica post-apartheid y que pretende resumir la unidad del multiculturalismo.
En Sudáfrica 80% de la población es negra, y la población restante está formada por las comunidades con ancestros europeos (sudafricanos blancos), asiáticos (sudafricanos indios y sudafricanos chinos) y comunidades multirraciales.
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| La bandera combina colores de los orígenes europeos (blanco, rojo y azul) con los del partido político de Mandela |
Existen 11 idiomas oficiales además del lenguaje de signos. Nueve idiomas son lenguas bantúes (africanas) y dos son de origen europeo: el afrikáans que se desarrolló a partir del holandés y el inglés que se utiliza habitualmente en la vida pública y comercial y que, de igual manera que en la India, es la lengua franca que permite la comunicación entre todos.
Y aquí hay un aspecto que no puedo dejar de mencionar y que ha tenido gran impacto en mi llegada a este país pues para mi gran fortuna, fueron los británicos los que finalmente ganaron las guerras coloniales y gracias a eso todo está en inglés. Parece un aspecto insignificante pero después de haber vivido la barrera del idioma en Austria es un alivio no tener que volver a quebrarme la cabeza para tratar de entender cosas tan simples como recetas de cocina o prescripciones médicas. No es algo que pueda pasar desapercibido pues eso jugó un papel fundamental en mi paso por Viena. Al llegar a esa ciudad, me dije a mi misma que tenía que aprender Alemán porque sería la única forma de entender la cultura austriaca. A pesar de que allá casi todos hablan inglés, me sentí igual que el escritor Ryszard Kapuscinski al describir su sensación al llegar a un país en el que no entendía la lengua: “…me sentí atrapado por la lengua que en ese momento me pareció como una muralla que se levanta en medio del camino y no nos permite seguir adelante, vetándonos la entrada”, … “comprendí que cada mundo entraña un misterio y que el acceso al mismo sólo lo puede facilitar la lengua. Sin conocerla, ese mundo permanece insondable e incomprensible por más años que pasemos en su interior.”
Y yo que pensaba que a pesar de que muchas cosas no se me daban bien, algo para lo que si era buena eran los idiomas, así que asumí que aprender una cuarta lengua sería como pan comido y nunca me imaginé lo equivocada que estaba. Realmente lo intenté pero, por un lado, para el día a día con el inglés me bastaba, así que no practicaba mucho y por otro lado, se trata de una lengua con una gramática complicadísima, muchas veces ilógica y a la cual no logré cogerle cariño. Seis años más tarde, mi alemán sigue siendo muy precario pero para consuelo mío no soy la única con ese problema pues muchos años antes Mark Twain en su ensayo llamado “The Awful German Languaje” concluyó que la vida es muy corta para aprender alemán.
Bueno, todo esto para explicar por qué finalmente nunca pude entender bien a los austriacos pues sin entender las noticias y pudiendo a duras penas entender un poco de la prensa escrita, nunca llegué a penetrar en esa cultura. Pero aquí en Sudáfrica ese no será el caso y me alegra saber que en gran medida podré descubrir y entender las complejidades de este país y compartirlas con ustedes.





